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Eduardo Mileo

Poemas de Muro con lagartos

Mi mujer me ha tenido en su vientre.
Mi mujer me ha extrañado
como extrañan las madres
a sus hijos por nacer.
Y que un día tal vez tengan mujeres,
e incluso sean padres.

Mi mujer ha llorado
de dicha y de desdicha
por el niño que sostiene
san Cayetano en sus brazos,
al que acaricia con una espiga.

El niño que fui era mudo o hablaba
a la velocidad de las orugas.
Mi madre tendía
camisas como
jazmines recién cortados,
empapados de luz.
El niño que fui la miraba,
la oía canturrear,
deseaba en silencio
tenerla dentro de su vientre.

Como una muñeca,
mi madre se sienta sobre mis rodillas,
sonríe como una colegiala,
y cierra primero un ojo,
después el otro.

Santa María,
madre de Dios:
enséñame a parir un cuerpo mío.

Sobre la cabecera
de la cama de mi madre
hay un rosario: sus cuentas
son los ojos de los niños
que han nacido sin madre.
Ella reza su rosario
y mira dentro de las
pupilas vacías,
iluminadas de olvido.

En el hospital donde ha muerto mi madre
están haciendo reformas,
nuevas alas.

Mi mujer tiene un rosario
de labios hacia mí
para que yo bese la frente
de mi madre muerta.

El niño que fui
quiere decirle algo que no entiende,
que no podrá decirle nunca
porque no entiende.

En el campamento de indios
del niño que fui,
un indio esconde la cabeza
tras unas bolsas de arena.
Apunta su arco
contra la nuca de mi madre.

Mi mujer odia
llevarme en su vientre.
Mi mujer quiere un vientre vacío
para llenarlo de viajes.

Mi madre vuelve de su sueño.
Me lleva en brazos.
Agita sus dedos
como pañuelos de despedida.
Ella teme a las paredes blancas,
su resplandor sin palabras,
los lagartos de siesta milenaria
bajo su sol de piedra,
con sus ojos de piedra.

He sobornado a unas enfermeras
para que confiesen
que mi madre no ha muerto.

 



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