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Jorge Aulicino

Memoria de Garbeld

Garbeld y el desdentado

-¿Conocen la fábula del viejo sin dientes?- dijo Garbeld. Y sin esperar respuesta, pues quería contarla, dijo: -Chuang Tzú, el gran maestro taoísta, de existencia probada, refiere que un viejo sin dientes fue a ver al maestro P'i para demandarle una lección sobre el tao. Tal vez eso pudiera masticarlo. P'i le dio un sermón acerca de que para obtener el tao debía dejar de preguntarse sobre él. Este es el mejor resumen que puedo yo hacer de aquel sermón que se prolongó un tiempo determinado en un espacio determinado y por lo tanto negaba el tao. Pero (refiere Chuang), mucho antes de que el discurso llegara a su fin, el desdentado se había dormido. P'i se puso enormemente feliz. -No creo una palabra de todas esas patrañas -dijo alguien de la audiencia. -Debería decirle que eso me hace feliz -repuso Garbeld- pero el caso es que no soy taoísta. Ni siquiera creo en su falta de fe. Y esto no me da el tao. Sólo puedo decirle que donde hay un sí y un no, no está el tao. Donde hay un sí y un no, hay política. Por tanto, se deben disculpas. La política incrementa las deudas. Por eso podemos decir que donde hay política hay mercado, y el resto procura un buen sueño -concluyó Garbeld.


Gustav Who, Apuntes sobre las conferencias de Lawrence Garbeld, Manchester, 1911

 

Garberld y el bibliotecario

"Leo con inquietud que todo discurso, modo, imagen o palabra debe hallar una justificación o servir de justificación", dijo Garbeld. "Lo que usted dice es muy general, no sabría decirle si tiene usted razón", respondió el bibliotecario. "Tal vez quiera darme ejemplos", añadió. "Pareciera que una razón nos excede", dijo Garbeld. "Si hablamos, nunca lo hacemos porque nos deleita o somos en ello, sino porque algo debe encontrar a su vez legitimidad en lo que decimos". "Prefiero ignorar que sea de ese modo", respondió el bibliotecario. "Yo cargo libros todo el día, de las mesas a los estantes, y al revés. No pienso que nadie haya consultado un libro para justificarse, pues eso me aniquilaría en esta abstracta función de servicio", agregó el bibliotecario. "Pues arrastra usted palabras de otros para otros, y es agente de motivos que desconoce, cómplice voluntario de iniquidades ajenas", le espetó Garbeld. "Y digo que lo hace voluntariamente porque en la propia omisión de la pregunta sobre el objeto de su trabajo -continuó- está su justificación. Nadie, estimado señor, nadie en absoluto hace las cosas sólo -y fíjese bien lo que le digo, esto es un adverbio de modo-, sólo porque cumple órdenes". "¡No me agravie!", exclamó el bibliotecario. "¿Ve que la ley existe para usted también?", dijo Garbeld.

Gustav Who, Anfibologías en el polvo, La Tunita, 1967

 

Garbeld y el movimiento

Cierta noche, en medio de un educado debate sobre los movimientos de cambio, Garbeld perdió su paciencia, que no era mucha, y clamó: -¡Me declaro inmovilista! Algunos lores carraspearon y movieron sus pies sobre la alfombra. Los laboristas de gorra y tupé le respondieron, en cambio, con sarcasmos. -Vean cómo la declaración de inmovilidad pone nerviosos a reaccionarios y jacobinos -dijo Garbeld. -Ustedes mismos, de cuerpo presente, son la viva demostración de que no hay polaridad en la política. Los políticos pertenecen a un universo unipolar.

Gustav Who, Hartazgos, Kentucky, 1928

 



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