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Miguel Gaya

 

Lo efiímero y otros poemas inestables

Con la aparición de este nuevo libro de poemas, Miguel Gaya retorna al género de iniciación literaria, luego de su incursión narrativa con la novela Contemplar ese animal sangriento. En Lo efímero y otros poemas inestables, a través de medio centenar de textos, el autor evoca  lugares propios y sensibles, la tristeza, la frontera, la juventud, la playa, el desierto, la tormenta, etc. En esos cantos sostiene la profundidad de una mirada austera y accesible. Atributos que realzan la eficacia poética de una voz conmovedora.

Poemas de Lo efiímero y otros poemas inestables

I
Lo clásico

Abierto a la mañana el hombre distingue
en el canto de los pájaros la armonía,
y la atribuye a esa parcela afable
de la naturaleza que arbitrario demarca.

Así descansa del áspero desconcierto
de escucharlo todo. Y sin embargo
algo repta en él, acaso el registro
del corrosivo tiempo que puntúa,

entre uno y otro canto del ave
oculta en la espesura,
el transcurrir del bosque

que acaba en el silencio.
Nadie escucha inocente,
luminoso u oscuro el vivir.

VI
El ruido

No tengo nada que decir
O sea que perdonen
por interrumpir, pero
tal vez quisiera eso sí que continuara
esto que es apenas algo más que
silencio
un susurro
insistente monocorde mientras
sus voces restallan
con altura.
No es que fuera a decir algo
digo
apenas este murmullo
pero
insisto
es empecinado
y se mantiene al ras
entre los muebles de las habitaciones de los hombres
en sus lechos
y mesas
y en los huecos húmedos
que se arman y desarman
entre los cuerpos amantes.
Nada en que reparar
digo
mientras
los ruidos de ustedes
aturden.

XXV
Lo efímero


Durante nuestra niñez los balnearios
donde pasábamos los veranos eran
azotados por tormentas
y ráfagas de arena enfurecida.

Nuestros padres permanecían ausentes
o absortos en las tropelías de un gobierno lejano.
También los abuelos padecían enfermedades tremendas
o habían sido muertos por racimos
en guerras europeas.

Y nosotros trotábamos en un sol deslumbrante.

Nuestro lugar era precario,
nuestro tiempo, enorme,
y podíamos correr por horas
en el lugar exacto
donde el mundo caía.

Aun así, el ánimo
no flaqueaba
y en medio de médanos inhóspitos
o a merced de las olas
reíamos y chillábamos
como gaviotas maltratadas
por el vendaval.

Éramos feos.
Éramos tenaces.
Flacos y secos y oscuros
como palos
y no supimos hasta mucho más tarde
que conocíamos
la cara salvaje
de una cierta felicidad.

 



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