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Marisa Negri
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fe desmesurada de niña que reza en cada túmulo mientras su
madre asea frenética el blanco rostro de la muerte
los bronces familiares cuelgan en racimos dorados el padre
duerme entre las hortensias del río Paraná
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por recalde pasan los reyes magos tal vez no en camello sino
más bien en un tordillo pardo enjaezado como para las fiestas
mayas esta vez la menor de las niñas aguarda dibujando con
tiza bajo el sol abrasador de la siesta a que ocurra el milagro
para qué poner pasto se pregunta si todo es campo cielo y
alambrado hasta donde la vista se pierde y no tendrán calor con
esa ropa se pregunta la niña mientras el zumbido de las moscas
es el único signo vivo debajo de la parra quién lava la ropa de
los reyes sigue rumiando Nancy las otras dos la miran fastidiadas
cosas de chicos piensa Gladis subida a sus nueve años
dos muñecas rubias y una negra el abuelo juan escondiendo
paquetes en los techos los pasteles y los vestidos nuevos que la
madre terminó de coser bajo la lámpara de querosén todo eso
duerme ajeno a los dolores de cabeza esa rigidez de la nuca los
mareos el viaje inútil a la capital esa pequeño caja blanca en el
cementerio de olavarría
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su hueserío se desliza por la casa quién seré después de tantas
despedidas qué músculo o nave quedará en pie cuando el último
rastro de todo lo amado se disgregue en la noche
y ella que no viene se digna a dilatar los crisantemos los lentes
negros el nuedo va dejando sus hilachas ella arrulla la indolencia
hasta dejarnos dormidas
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