

Alfonsina Stori

Diana Bellessi - Selección y prólogo
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Palabras de introducción a la antología
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Un rayo clavándose en el campo, un naufragio
Por Diana Bellessi
Nunca fui una buena lectora de Alfonsina Storni; ¿por qué, entonces, seleccionar los poemas para esta antología? Quizás, porque afectuosamente me lo pidiera mi amigo Javier Cófreces, y también por curiosidad; leer para construir un libro es una manera diferente de leer, aunque percibía en mí una relación compleja como lectora de Storni, de rechazo y de atracción al mismo tiempo. Recién ahora, concluido el trabajo, y habiéndolo dejado descansar durante varias semanas, observo mi selección. Hay aquí una Alfonsina que me gusta, donde prima la rareza de su estilo y una violencia inusitada. Alfonsina contra Alfonsina en lo mejor de sí misma. Una cabecita negra autodidacta, que nunca cabe con tranquilidad en los salones de la época, o quizás, deberíamos decir, una rebelde que no se vuelve revolucionaria, salvo en un puñado de poemas. Encontrarán aquí algunos de sus versos más famosos y populares, como Hombre pequeñito o Tú me quieres blanca, o el delicado poema que siempre fue visto como carta de despedida previa a un suicidio romántico: Voy a dormir. Y están aquí porque son hermosos poemas. Pero hallarán otros más extraños, tomados de todos sus libros, incluso de los primeros; Si quieres besarme… besa / […]Ésta es una noche muerta/ bajo la techumbre astral; así comienza este libro, con esa dura sentencia en la boca de una jovencita por la segunda década del siglo veinte. Las palabras se secan como ríos/ y los besos se secan como rosas, continúa en el poema posterior, y más adelante, crispado por los cortes, aliteraciones y rimas intensas, aparece un poema como Primavera, perteneciente a su segundo libro. O el chiflado Ladrona, donde nos dice en un dístico, Cuando, ladrona, trepe por los hierros / Huyendo del jardín, suelta tus perros, para retomar la imagen al final: Tus blancos perros / Cabe tus hierros. O el apretado y bello poema El oro de la vida, contra todo exceso retórico. En Odio: Odio tremendo, como nada fosco, / Odio que truecas en puñal la seda / Odio que apenas te conozco, / Queda. Son versos endecasilábicos con su claro acento, claro como el odio, en cuarta y octava para quebrar el próximo y rematar, como un hachazo con la palabra Queda; rimas finales y rimas asonantes internas le otorgan una pasión a este odio como pocas veces he visto. En el mano a mano con el mar, a quien siente como un espejo, exclama: Oh mar, enorme mar, corazón fiero / De ritmo desigual, corazón malo. Storni menciona a su propia alma como a una víbora que ha devorado pequeños y dulces pájaros aflautados. Storni dice de Buenos Aires: Por eso cuando los nervios / Se le ponen en tormenta / Siente que los muertos indios / Se le suben por las piernas. En el poema, De mi padre se cuenta, hace su aparición un macho poderoso y brutal, así como en Encuentro narra el cruce con un antiguo amante que la tuvo poseída por tres años, para rematar en el segundo cuarteto con estos versos: Y una pregunta mía, estúpida, ligera, /De un reproche tranquilo llenó sus transparentes / Ojos, ya que le dije de liviana manera: / --¿Por qué tienes ahora amarillos los dientes? El poema a Delmira Agustini me lava, como lectora, de tanta retórica dedicada al deseo y al olvido del otro. En Coros, observando la masa humana de altos, bajos, ventrudos donde anidan quizás el traidor, el ladrón, la ramera, frente a la límpida belleza del canto Storni escribe: El arte, al fin, ignora la materia que elige, componiendo así un arte poética escueto y genial. Pero es en Mundo de siete pozos donde la intensidad de Storni, esta cabecita, llega a su cima; Ronca y el Padre roncará contigo, nos dice. Pellejo muerto, el sol, se tumba al cabo. / Como un perro girando sobre el rabo, / la tierra se echa a descansar, cansada. Ya en Mascarilla y trébol, prosigue con esa máquina, a veces irónica, y a veces feroz y directa, del mal, de la sombra de Alfonsina contra Alfonsina, con la que ella escribe sus mejores versos, léase Ultrateléfono.
Esta es mi Storni. Un rayo clavándose en el campo, un naufragio.
Poemas del libro Ésta es mi Storni
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Desolación
¡Oh! ¡Qué caricia inmensa la que en mi pecho habita!
Cabría el mundo entero en la entraña que late,
Y allí se adormiría en dulzura infinita
El grito de dolor que llega del combate.
Yo cuido esa mimosa que el mi pecho palpita.
La cuido y la defiendo del humano acicate,
Y tengo por sus nervios de inquietud exquisita
Tan enorme piedad que mis fuerzas abate.
¡Jamás la entregaré! Mi pobre sensitiva
Se agostará en el hielo de mi coraza altiva,
Se morirá en mi pecho castigada de sed.
Y cuando su cadáver me traiga mucho frío
Me iré serenamente del país del hastío
Al país del misterio que nos tiende su red…
Rebeldía
Amo todas las auroras y odio todos los crepúsculos.
¡Qué hermosas las sendas
Que no tienen fin!. . .
¡Qué hermosos los días
Que no tienen noche!
¡Qué hermosas las cosas
Que nunca se hicieron! . . .
Las columnas truncas,
Los vasos trizados,
Las líneas no rectas. . .
¡Lo que no se rige
Por orden expreso!. . .
Ir como las barcas
Que no tienen remos. . .
¡Ir como las aves
Que no tienen nido!
¡Ser algún capullo que no se adivina!
¡Poder algún día
Quebrar con la marcha
De las cosas hechas!. . .
¡Detener la tierra!
Dos y dos son cuatro. . .
¿Yeso quién lo sabe?
Y. . . ¿si se me ocurre
Que uno no es uno?
Sábado
Levanté temprano y anduve descalza
Por los corredores; bajé a los jardines
Y besé las plantas;
Absorbí los vahos limpios de la tierra,
Tirada en la grama;
Me bañé en la fuente que verdes achiras
Circundan. Más tarde, mojados de agua,
Peiné mis cabellos. Perfumé las manos
Con zumo oloroso de diamelas. Garzas
Quisquillosas, finas,
De mi falda hurtaron doradas migajas.
Luego puse traje de clarín más leve
Que la misma gasa.
De un salto ligero llevé hasta el vestíbulo
Mi sillón de paja.
Fijos en la verja mis ojos quedaron,
Fijos en la verja.
El reloj me dijo: diez de la mañana.
Adentro, un sonido de loza y cristales:
Comedor en sombra; manos que aprestaban
Manteles.
Afuera, sol como no he visto
Sobre el mármol blanco de la escalinata.
Fijos en la verja siguieron mis ojos,
Fijos. Te esperaba.
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