Diario El Litoral. 31 de mayo de 2008 |
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Aquí, en el centro del universo, ahora
Al abrir "Pasiones de la línea" encontramos un subtítulo que reza: "(Poemas de Nicolás de Cusa)". Nikolaus Chryppfs (o Krebs) nació en Kues (de esa localidad alemana proviene el apodo con que se lo conoce, "el Cusano", o "de Cusa") circa 1401 y murió en Todi, Italia, en 1464. Fue educado en la comunidad mística holandesa de los "Hermanos de la vida común", estudió en Heidelberg, Colonia y Padua. Fue sacerdote, obispo y cardenal. Participó en el concilio de Basilea. Docto humanista, descubrió los manuscritos de la "Historia natural" de Plinio y doce comedias de Plauto. Su escrito más conocido (al que Osvaldo Picardo apela explícitamente, junto con la cita de "De Quarendo Deum": "qui ignoro, adoro" ) es "De docta ignorantia" (1440), donde se sostiene que el verdadero conocimiento (Dios, en suma) no puede ser alcanzado por nuestro entendimiento, y que el principio de todo saber es la conciencia de "no saber" (el "Sólo sé que no sé nada" socrático). Sin embargo, es necesario crecer en el ansia y el esfuerzo de conocimiento hacia el Principio originario de No Contradicción, en el cual los opuestos se concilian y la pluralidad se unifica. En Dios, coinciden los contrarios como un círculo de radio infinito puede concebirse finalmente como recta.
Nicolás de Cusa es el autor de esa imagen que solía repetir Borges cuando se refería a la eternidad, tomándola del discípulo Kant (Nicolás de Cusa es considerado el iniciador de la filosofía alemana, con ideas anticipatorias que desarrollarían Kant, Leibnitz, Fitche y Schelling). Borges acotaba que Pascal podría haber encontrado tal imagen en Rabelais, que a su vez la atribuía al legendario Hermes Trimegisto, o en el simbólico "Roman de la Rose", que la habría tomado de Platón. Picardo cita esa sentencia de "De docta ignorantia": "La máquina del mundo tiene, por decirlo así, su centro en todas partes y su circunferencia en ninguna".
En los poemas de "Pasiones de la línea" , Picardo parte de consideraciones de uno o diversos infinitos, del uno y la multiplicidad, de la ignorancia acerca de nuestra existencia, de una paradoja de Zenón, de la propia imagen olvidada, de la vida de un libro escrito por un muerto, para disparar una lírica del presente: las ballenas que se asoman anualmente en la Península de Valdés son otra vez Moby Dick y el Leviatán; la contemplación del mar revela el lugar y el momento único de esa contemplación; el neutrón desintegrándose en un universo de leyes y conjeturas encuentra su figura conclusiva en un picaflor en la última mañana de un verano, imagen perseguida que revela que "sólo sos un fantasma que permanece en el agua".
En la rica tradición de esa poesía argentina tan diversa y según sus devotos o antagonistas rotulada como "filosófica", "reflexiva", "sentenciosa", "temática", y que admite una lista tan honorable como amplia, de Girri a Gianuzzi, de Borges a Juarroz, Picardo asume una voz personal y apasionada (todos los poetas citados lo son, aunque comúnmente sean catalogados como "fríos" por sus detractores).
El casi oxímoron del título es significativo: ¿qué pasión puede ofrecer una sucesión infinita de puntos? Y es significativo que Picardo asuma una voz posmoderna para Nicolás de Cusa, ahora que lectores y poetas sabemos que la luz no está en el "Libro de la Poesía", que la verdad es ilegible y que es inútil buscar el final del poema.
Como el docto humanista, el poeta asume el reconocimiento de su ignorancia, y a partir de esa verdad nace la poesía, el resplandor del instante y la contingencia, con una lírica que encuentra en el recuerdo, la contemplación, la canción de "una habitación para los dos,/ cerrada, de viaje y sin llaves" la expiración conmovedora de un fuelle de bandoneón.
Osvaldo Picardo nació en Mar del Plata, donde ejerce como profesor literario y dirige la revista La Pecera. Es poeta y autor de ensayos, crítica literaria y traducciones.
Por Raúl Fedele
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