Revista Evaristo Cultural nº7, junio del 2009 |
[ Entrevista ]
Eduardo Mileo
De profesión: poeta
por Roxana Artal
Eduardo Mileo es poeta; nació en Buenos Aires el 4 de julio de 1953. Ha sido miembro del consejo editorial de la revista de poesía "La Danza del Ratón" y actualmente es parte de la comisión directiva de la Sociedad de Escritoras y Escritores de la Argentina (SEA). Ha obtenido en 2000 una beca del Fondo Nacional de las Artes y ganado en 2001 el Primer Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes con Poemas sin libro.Editó los libros Quítame estas cruces (Ediciones del Escuerzo, 1982), Tiendas de campaña (Trocadero, 1985), Dos épicas (junto a Alberto Muñoz, Filofalsía, 1987), Puerto depuesto (Último Reino, 1987), Mujeres (Último Reino, 1990; 2ª edición, Ediciones en Danza, 2005), Poema del amor triste (Ediciones en Danza, 2001), Muro con lagartos (Ediciones en Danza, 2004), y Poemas del sin trabajo (Ediciones en danza 2007). Es coautor, junto a Alberto Muñoz, de la obra de teatro Misa negra (Último Reino, 1992). Ha editado el CD A boca de jarro junto a su hermano, el compositor Raúl Mileo. Con Alberto Muñoz y Javier Cófreces integró el grupo poético "La Epopeya".
Evaristo Cultural: La historia, "esa boa que no se reconoce", ¿qué peso tiene y ha tenido sobre tu poética?
Eduardo Mileo: La historia se hace cada día. Es el presente el que la hace, pues son las luchas que se emprenden a diario las que determinarán el futuro. En ese sentido, la historia tiene un peso formidable: el de la responsabilidad de cada uno de nosotros en hacerla. En mi poética tiene el peso que tiene la vida en la escritura.
EC: "La muerte: esa flecha sin arco", o "la muerte entendida como un faro", "¿con qué vida se habla...?". Quiero decir, ¿desde dónde abordás el tema de la muerte en tu poesía?
EM: La conciencia de la muerte es algo bastante íntimo. Yo creo que no sentí la presencia de la muerte hasta que murió mi madre: yo tenía entonces cuarenta años. Hasta ese momento me sentía inmortal. La muerte de mi padre, en mi adolescencia ("Hay golpes en la vida..."), no me dio, sin embargo, la conciencia de ser mortal. No creo que mi poesía en particular esté atravesada por la muerte, si bien podría decirse que toda poesía, y quizá toda escritura, trata de exorcizar la muerte.
EC: "Íntima religión, la poesía es cosmos revelado", decís en "El poeta, ¿un excluido?". Y también en tus poemas aparecen con fuerza algunas figuras de la religión: "Pero el oro sin Dios es otra cosa / y en las iglesias el temor reposa", "¿Qué viento ha dejado de empujarme? / ¿qué abandono de Dios / me crucifica? / Yo / que contengo la fe de lo que existe / no tengo ideas"... ¿Sos un ser creyente?
EM: Cuando era chico fui educado en la fe católica. Pero la Iglesia católica me demostró que era, como todas las Iglesias, una institución política que defiende los intereses de los explotadores. Mi religión es una forma de unión con las cosas, una energía que me liga a lo que existe, pero también al deseo, a lo que podría existir, a lo que podemos hacer con nuestra fuerza. Creo en la gente, en la potencia creadora de la gente y, por eso, en la revolución.
EC: El último verso del poema IX de Atanor dice: "Que las palabras se ocupen de nosotros". ¿En qué sentido las palabras pueden ocuparse de nosotros?
EM: Ese verso, si no recuerdo mal, fue una reacción a toda una corriente formalista que abogaba y aboga por que los poetas se ocupen de las palabras, y supone que toda escritura habla exclusivamente del lenguaje, o, peor, que desprecia toda poesía que no se ocupe exclusivamente del lenguaje. Entiendo mucho mejor a los poetas que se ocupan de las cosas (y, entre ellas, del lenguaje), es decir, a aquellos cuyas palabras se ocupan de nosotros.
EC: Irala, sueño de amor y de conquista, trabajo poético-musical en colaboración con Raúl Mileo, está compuesto de canciones, poemas y cartas. ¿Cómo fue el proceso de ese trabajo? ¿Cómo trabaja un poeta con la música?
EM: El trabajo con la música es inherente a la poesía. La historia de la poesía es, de alguna manera, una historia de la música: los distintos tipos de versificación señalan, como sucede en los diferentes géneros musicales, melodías y ritmos diversos. El trabajo con Raúl es un trabajo muy enriquecedor. Él además escribe letras de canciones, y comprende de manera extraordinaria el oficio de poeta: dónde cortar un verso, cuándo funciona o no una repetición. Y su trabajo sobre los poemas es un aprendizaje musical sobre la poesía. Al mismo tiempo, yo intervengo en la música y en los arreglos desde mi experiencia como poeta y como músico intuitivo, pues no tengo formación musical.
EC: En tu trabajo "El poeta, ¿un excluido?" decís que la poesía, como en un movimiento unísono hacia el adentro y hacia el mundo, nos hace bellos y universales, ¿podrías comentar esa idea?
EM: Esa idea está en consonancia con mi experiencia creadora. Yo siento que la poesía me vuelve más bello, que saca lo mejor de mí, que me empuja hacia la justicia. En ese sentido, comparto con Antonio Machado que se puede crear una ética desde la estética.
EC: "Ante la poesía quedo perplejo (...) Me une y, por tanto, me libera: me pone dentro de mí" decís en el mismo ensayo. ¿Cómo se da este juego entre sorpresa, unidad y libertad en tu trabajo poético?
EM: La poesía crea su obra con la materia del lenguaje. Para ello utiliza las palabras de un modo particular: esa materia, que es tiempo, es un tiempo diferente; se corta, se expande, se desdobla en mundos paralelos. La creación nos hace partícipes de esa novedad y nos sorprende. Ese descubrimiento, la posibilidad de estar y no estar, o de estar al mismo tiempo en varios sitios, provoca un sentimiento de liberación, la posibilidad de salirse de sí, de estar en comunión con el cosmos. Pero esa liberación se halla sólo dentro de uno, y es allí, finalmente, donde se va a buscar.
EC: ¿Por qué la poesía es una paria, o mejor, por qué no tiene nada que perder? ¿Por qué es excluyente y está excluida? ¿En qué sentido la poesía es exigente y convierte al poeta en un excluido?
EM: Desde que Platón nos expulsó de su República, el Estado trata al poeta como un paria, aunque discursivamente lo coloque en la categoría de imprescindible. La sociedad capitalista no comparte ideales con una actividad que es del todo inútil: no explica cómo lograr mayor productividad, no puede aplicarse a la explotación de trabajadores, no se obtiene de ella un mero pasatiempo. En consonancia con esto, las grandes editoriales no publican poesía, las cátedras no se ocupan de ella, la crítica, salvo excepciones, la desdeña.
Pero la poesía no tiene nada que perder: ha sobrevivido a todos los regímenes y a todos los Estados, pues la gente ha sobrevivido a ellos, y es la expresión de algo íntimamente genuino, que no puede liquidarse por decreto ni pasarse por las armas. En ese sentido es excluyente: no puede concebirse —al menos yo no puedo— la humanidad sin poesía. La poesía es una elección, una forma de intervención sobre el lenguaje y, por ende, una política.
EC: Tu poemario Poemas del sin trabajo, publicado en el año 2007, aborda la temática del desocupado desde una estética que se aleja del lugar común y propone otra mirada: "El sin trabajo se quedó sin luz: / se lo tragó la verdad / Ni acomodarse pudo: vacío / como silueta forense." O: "El sin trabajo huele a quemado. / Su aspecto de sí mismo / lo descubre ante el mundo." ¿Cómo nació este libro?
EM: No es casualidad que este libro haya nacido a fines de 2001. Yo trabajo como corrector de pruebas desde hace treinta años. En ese momento me tocó en (mala) suerte el destino de una enorme cantidad de compatriotas: la desocupación. Ahondar en esa experiencia me dio, supongo, la posibilidad de alejarme del lugar común.
EC: La última dictadura dejó como saldo a los desaparecidos y al fenómeno posterior que fueron los hijos de los desaparecidos. ¿Pensás que se puede encontrar alguna relación entre estas dos terribles realidades y las que surgen del proceso democrático de los 90: los desocupados y los hijos de los desocupados? ¿Todas estas realidades responden a un mismo modelo?
EM: Entiendo que así es. El sistema capitalista no puede sobrevivir sin un ejército de desocupados, pues es eso lo que le permite mantener el salario sumergido. En épocas en que las luchas de los trabajadores ponen en jaque la continuidad del sistema, la reacción de este es provocar la desocupación extrema: la de la vida.
EC: ¿Creés que el poeta, como tal, tiene un compromiso social particular, o más bien se trata de una sensibilidad más expuesta a los males de la sociedad? ¿Por qué creés que Platón los echaría de la República ideal?
EM: Platón nos echó de su República explicando que el discurso poético es ambiguo y confuso y, por lo tanto, no tiende hacia la virtud. El poeta encarna una sensibilidad expuesta y es, por eso mismo, de algún modo un portavoz. Pero esto sucede casi fatalmente: aunque no exprese los males de la sociedad ni tenga un compromiso social particular, la elección de la poesía como lenguaje lo coloca en el lugar de la condensación, de la máxima concentración sensible. Aunque hable de una rosa, la poesía no dirá lo que el Estado quiere escuchar, suponiendo que al Estado le interesen las rosas.
EC: ¿Qué tipo de lector sos? ¿Cuáles han sido esas lecturas que te han marcado como poeta?
EM: Soy un lector compulsivo: trabajo leyendo, en los ratos libres leo (había tenido un lapsus: había escrito "en los ratos libros"), leo cuando viajo en colectivo (si me olvido el libro, leo los carteles de la calle) y leo en el baño. Clínicamente se denomina "deformación profesional". Pero, lógicamente, no todas esas lecturas son formantes. Las que me han marcado son variadas y numerosas. Cuando era chico juntaba centavos para comprar revistas mexicanas de superhéroes en el quiosco de diarios. Luego vino la escuela secundaria, que, con sus lecturas obligatorias, me hizo odiar la literatura. Cuando egresé empecé a leer: recuerdo que con un amigo de la adolescencia que aún conservo, al que llamamos "El Mai", nos juntábamos a leer poemas de Octavio Paz y Nicanor Parra. El mexicano fue uno de los que me formó, especialmente con sus ensayos sobre poesía. Entre los poetas hispanoamericanos que fatigué se hallan Luis de Góngora, Francisco de Quevedo, Antonio Machado, Federico García Lorca, Luis Cernuda, Miguel Hernández, César Vallejo, José Lezama Lima, Efraín Huerta, Nicolás Guillén, Humberto Díaz Casanueva, Gonzalo Rojas, entre otros. Los argentinos, en particular, fueron José Hernández, Leopoldo Lugones, Ezequiel Martínez Estrada, Jorge Luis Borges, Francisco Madariaga, Olga Orozco, Edgar Bayley, Jorge Leonidas Escudero, Beatriz Vallejos, y los de mi generación: Alberto Muñoz, Javier Cófreces, Diana Bellessi, Irene Gruss, Susana Villalba, Miguel Gaya, Reynaldo Jiménez, Jorge Aulicino, Mirta Rosenberg. Y me siguen formando las generaciones de poetas que vinieron después.
EC: A veces el lector puede intuir distintas "familias" en la poesía nacional; todas vinculadas en cierta forma pero al mismo tiempo cerradas en sí mismas. ¿Te considerás parte de alguna de estas familias? ¿Quiénes serían tus familiares más cercanos?
EM: Formé parte del Comité de Redacción de la revista La Danza del Ratón. Esa participación ya me ubica en un lugar en la poesía argentina. A pesar de eso, nunca profesé un credo estético particular entendido como dogma opuesto a otros. Es decir que fui parte de una familia en la que todos teníamos diversas opiniones sobre la poesía y sobre la vida, aunque compartíamos algunas ideas generales: en La Danza, por ejemplo, el rescate de poetas olvidados y de la poesía del interior del país, por ejemplo. Mis familiares, por ende, son de muy diversa extracción, y se pueden sintetizar en la lista que di en la respuesta anterior, cuando hablé de los poetas de mi generación que me habían marcado.
EC: ¿Cómo ves el panorama de la poesía actual en nuestro país?
EM: La encuentro gozando de muy buena salud. Junto a Javier Cófreces y a la poeta Gabriela Franco, hemos antologado a poetas menores de treinta años (edad contada al momento en que hicimos la convocatoria), y de ese trabajo, que significó leer con atención a más de trescientos poetas, hemos logrado, creo, una muy buena antología (Última poesía argentina, Buenos Aires, Ediciones en Danza, 2008), y hemos comprobado que, a pesar de todo lo que se diga en su contra, la sangre poética sigue bombeando de manera extraordinaria en el corazón de los jóvenes.
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