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Revista Ñ, Buenos Aires, 7 de octubre de 2001

En VIDRIERA

Poema del amor triste

Por GABRIELA LIFFSCHITZ

Algunos sentimientos tienen la rara habilidad de eclipsarse. De vivir ocultos o estallar en gestos a veces insondables, a veces obvios. Pero los sentimientos en general parecen ser algo así como animalillos inasibles cuyas diversas razas han cruzado todas las posibilidades de la transmutación, generando un sin fin de sub razas, explosivas algunas, inocuas otras, desconcertantes todas. Así, hablar de pasión, odio, calma, es sólo una ilusión, la esperanza de retener en el nombre algo del objeto de su ser, aunque más no sea el balbucear entre los labios.
Poema del amor triste, el último libro de Eduardo Mileo, hace más que intentar retener del sentimiento el nombre. Mileo —se lo puede oír— lo desarma en la boca, lo paladea, le da una nueva ubicación entre los dientes y sólo entonces lo nombra, sin definiciones, sin saberes, recién ahí, nombra al amor.
Pero si sobre los sentimientos se ha escrito tanto, se ha escrito todo lo escrito, hablar de amor, en particular, es en sí mismo un riesgo, un ingreso en general poco feliz en el pantano de la lengua. Ya Rilke le aconsejaba a su discípulo en Cartas a un joven poeta: "No escriba poesías de amor; sobre todo evite las formas demasiado corrientes y socorridas: son las más difíciles, pues es necesario una fuerza grande y madura para dar algo propio donde se presentan en cantidad buenas y, en parte, brillantes tradiciones". Sin embargo, el poeta argentino Eduardo Mileo, desoyéndolo todo, no sólo se ha animado en ese terreno, ese pantano ya seco de tanto ser atravesado y muy frecuentemente pisoteado. Y no sólo se ha animado, ha logrado renovar con su paso su humedad, su profundidad, la oscuridad iluminada en sesgo que el paisaje adquiere para el que ama.
En Poema del amor triste, Mileo logra hundirse en las profundidades de lo otro por decir que en este caso, descubrimos, tiene el amor. Sin temor a la palabra, Mileo inicia casi todos sus poemas con una frase, "Adiós amada", y en cada uno de esos pasajes, como si fueran épocas o instantes, lugares o rincones de una casa inmensa, o un recorrido por los objetos del amor, sus palabras logran paso a paso descomponer el caos que es el amor con otra palabra que cruza el libro: "paciencia".
Allí se reúnen entonces los componentes que en Mileo se hacen necesarios para el amor, para su evocación en la despedida y en el rescate: "¿Deseamos todos / la orilla del otro? / Pero a la larga el mar separa. / Y el otro es sólo un barco que se aleja. / No mires el cielo / que vas a ahogarte. / Soportemos como náufragos de pie".
Allí también están el miedo, el dolor, el desenfreno, el enojo, la contemplación de lo que se ama, la melancolía y la lujuria, la bondad, el deseo, el hambre y el horror. Y esencialmente el misterio que el ser amado constituye para uno: "Te veo mas no consigo entender. Habrá que ser prudente. Atar cabos".
Al definir al otro, Mileo lo hace sabiendo lo infructuoso de la develación del rostro del amor; es decir: sabiendo que en esa tarea imposible hay una única y no siempre secreta intención: definirse uno mismo: "No sé quien soy. ¿Es posible saberlo? No es que sea otro o que contenga multitudes. Tampoco soy el que soy: eso es conciencia."
Poema del amor triste es una construcción o la reorganización que se hace necesaria, imprescindible, a la hora de decir adiós. En ese momento, en el instante de la partida Mileo ata cabos. Une con el discurso poético ese sin fin de palabras dichas y no dichas, ese interminable irse y volver por los lugares de lo hecho por amor y, en su escritura y en sus digresiones, revela la reconstrucción como si fuera en sí mismo un sentimiento nuevo para el amor. Algo más, algo a último momento en ocasión de la despedida.
Eduardo Mileo —autor de seis libros de poesía, entre ellos Mujeres, Misa negra y Puerto depuesto—, llega con Poema del amor triste a la conformación de una obra sólida atravesada por una voz poética absolutamente propia y exquisita.


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