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www.diariodecuyo.com.ar, 8 de noviembre de 2007

JORGE LEONIDAS ESCUDERO Y "CAZA NOCTURNA"

"La vida es muy leyenda"
El jueves próximo presentará en sociedad su libro de poemas número 24. Se lo considera uno de los autores más importantes del país y (para muchos) el talento literario sanjuanino más relevante desde Sarmiento. Una charla a fondo sobre sus pasiones y búsquedas, esas que le dan sentido a la palabra vida.

Por PABLO HENRÍQUEZ (PABLUS68@HOTMAIL.COM) - FEDERICO LEVATO


Pocas cosas hay más difíciles que presentar a un poeta consagrado. Quizá porque en el solo intento ya se corre el riesgo de que cualquier frase del acomedido presentador quede como una pavada. Por eso en este caso a modo de introducción sólo se hará un par de salvedades para la lectura. Por ejemplo, en esta entrevista no se podrá prescindir de la molesta indicación "risas", porque, de tan frecuentes y significativas, se vuelven con Jorge "Chiquito" Leonidas Escudero parte del discurso. Cabe describir entonces la transmutación de su rostro al reír: su máscara siempre silenciosa y neutra pierde su función de piedra, para desbordar en esa picardía hija del humor fino y elegante y sobrio y puñal tan característico de los grandes. Grande porque tiene 87 años de edad, sí, pero más por el talento natural con el que le saca chispas a la Olivetti roja.

Otra salvedad es que trataremos de no caer en la tentación de titular cosas como "Chiquito el grande", "Grande, Chiquito" o tonterías por el estilo. También evitaremos toda metáfora de ingenio bachiller referida al oro, las palabras, la alquimia, etcétera. Y, a modo de pecado periodístico y para evitar ocupar valiosos centímetros de papel en ello, supondremos que el lector ya conoce todo dato biográfico de Escudero, como que, antes de decidir ser escritor a los 50 años, fue pirquinero, cateador, jugador de casino, buscador de tesoros, galán picaflor. O que se editan antologías de sus poemas en toda América. O que en Buenos Aires lo estudian y lo analizan y lo admiran en los claustros más encumbrados.

Acá en San Juan aplaudidores no le faltan, ni señoras que agiten sus joyas desde la primera fila (Lennon dixit) para llamarle la atención, ni intelectuales que se cuelguen de su lengua para robarse lucimiento, ni pomposos funcionarios de esos tan afectos a realizar homenajes post mortem en vida. Tampoco le faltan aquellos que, sentados en la antesala limpiándose las uñas con una guadaña, esperan con ansias el momento de publicar sus obras completas. Pero el Chiquito los jode a todos, porque el tipo sigue escribiviendo (perdón por el desliz, doña RAE) con la caldera llena de carbón, y su editor porteño no da abasto imprimiendo y publicando las maravillas que este jubilado sigue empecinado en regalarnos.

Eso sí, hay un problema grave para entrevistarlo: se explica a través de sus poemas. Así, cuando uno quiere arrancarle una definición él no hace más que ir hasta la biblioteca, ponerse los anteojos y buscar eso que escribió hace tiempo y que ahora le viene como anillo al dedo para contestarle (retrucarle) al periodista.

De todos modos, no sorprende. Porque siempre hizo lo mismo. Buscar (en la roca, en el azar, en la literatura) la respuesta indicada. La palabra absoluta. Esa que, asegura, todavía no encuentra. A quien sí encontró es al Chicho, perro de dudosa estirpe pero de elegante porte, realzado ahora por un (poco feliz, según Chiquito) paso por la peluquería canina.

-Siempre ha tenido perro, supongo.

-Sí, perro y gato. Hay un poema donde aparece mi gato, que se come una paloma que estaba en el jardín. Le hice ese poemita al gato porque ha matado pero es inocente, y lo comparo con la gente que mata, que no lo es.

-¿Qué piensa de los análisis que hacen de su poesía? ¿Le interesan?

-(Busca entre libros y revistas que tiene sobre el escritorio) Hay un análisis que yo no comprendo, pero el que lo hizo... no creo que haya sido para hablar mal de mí. Parece que el hombre sabe, es entendido en literatura.

-¿La crítica le modifica la forma de trabajar?

-No, porque aquí justamente lo dijo este individuo... Me trata de marginal (lee una crítica en Diario de Poesía, publicación nacional): "Son hijos ilegítimos formados a veces en los soterrados ámbitos de la libertad iracunda. Jorge Leonidas Escudero (San Juan, 1920) confesó en una entrevista no haber leído a autores centrales como Enrique Molina o Gelman, en absoluto. Esa situación incide quizá en la singularidad de sus obras. No es posible reconocer allí ninguna tendencia o línea característica: los marginales no tienen familia. Por eso también se convierten en personajes míticos, la vida retirada, las peregrinaciones en su búsqueda, los gatos, los encuentros a la hora de la siesta...". Eso le responde la pregunta más o menos respecto a cómo estoy involucrado en el conocimiento poético y todo eso. Y este hombre me pone entre los marginales porque en una conversación que me hicieron en Buenos Aires un periodista me preguntaba por los autores y yo los desconocía, francamente.

-Cuando queda tan bien en un escritor decir "yo he leído esto" o "lo otro"...


-(Risas) ¡Y yo no sé quiénes son! Después de eso sí me preocupé en mirar lo de Juan Gelman. Estuve en Rosario, invitado a un homenaje que le hicieron a él que venía de México. Me pareció más o menos, pero no a la dimensión en que lo habían puesto.

-¿Cuál fue su motivación para empezar a escribir?

-Me viene de la escuela primaria. Tenía una maestra que nos enseñaba poemas. Y teniendo yo más o menos 10 años, me llama un día y me dice: "A ver, pase Escudero y diga el poema que le pedí que aprendiera". Pasaba, lo decía y los muchachos contentos. Entonces me dio por hacer un poemita a mí, lo tengo todavía guardado entre un montón de papeles. Era de un pajarito que se había muerto. ¡Y ahora, 70 años después, vengo a hacer el poema del gato que mata la paloma en mi jardín! (risas).

-¿Pero por qué esperó hasta los 50 para escribir con regularidad?


-Fue cuando escribí un poema que le mostré a una señora, Teresa G. de Sarmiento, que dirigía la Academia de Arte Escénico de San Juan. Me dijo "bueno, escriba otros poemas y forme un libro, se lo voy a publicar yo por intermedio de la sociedad de padres de alumnos". Así salió mi primer libro, "La raíz en la roca", en el año \'70. Aquí lo tengo, vea, se ha envejecido... Tengo otro guardado de reserva. Era la época en que yo estaba realmente metido en la minería. En la minería pirquinera, digamos, que trabaja sin capital. No era cuestión de purificar los minerales. Se sacaba el material en bruto. Trabajé con eso en Calingasta. Y cuando volví a instalarme en la ciudad es que vino lo de aquel libro, rememorando mis andanzas en la cordillera.

-¿Iba solo en esas misiones pirquineras?

-Tenía de socios a unos hermanos Rojo, personas buenísimas. Con ellos hicimos exploraciones y declaramos pedidos de cateos en la Dirección de Minas. En el río Calingasta teníamos dos minas que hicimos mensurar y todo. Después las perdimos por falta de medios para explotarlas. Vivíamos en un caserón en Sorocayense, al que también le hice un poema muy significativo, porque me había asentado en esa casa como si fuera la mía. Veníamos con las alforjas llenas de sueños que no llegaban a nada, servían nada más para comentarios al lado del fogón (ríe).

-A pico y pala.

-Sí. Entre otras cosas anduvimos buscando manganeso. Llevábamos dinamita para hacer explosiones y ver si mejoraba la calidad superficial que tenía el mineral. Pero más que nada me gustaban los cateos, me metía entre los cerros e iba mirando dónde podíamos hacer una calicata...

-¿Perdón? ¿Una qué?


-Una calicata. Es una exploración superficial nada más, con un pico, para tener una guía y saber cómo pinta el mineral. Y eso uno lo hace mirando los cerros, buscando anomalías, formas raras, colores... Los análisis los tengo ahí (señala un armario pequeño, con varias carpetas viejas). Y a veces me dieron por oro bastante bueno. Acá tengo unas muestras. Pero nosotros buscábamos en vetas, y esto es oro para minería como la que hacen ahora, con lixiviación y todo eso.

-¿Qué piensa de la minería actual?

-Nadie puede parar la minería en el mundo. Por lo tanto, lo que nos queda es extremar las medidas de control. Pero la minería del pirquinero no tiene nada que ver con la otra. Lo del pirquinero es la aventura. Lo otro una cuestión matemática.

-¿Cómo aprendió a identificar y buscar minerales?


-En "Caza nocturna" hablo del amor a las piedras. Ahora la gente del Colegio Nacional me hizo un homenaje, y se les ocurrió regalarme esto (trae una cajita transparente con una roca y un papel). Han puesto una frase de un poema mío: "Partir alguna piedra y ver ahí todo".

-¿Cómo se siente con tanto homenaje que le hacen?

-Bueno, yo no siento nada. Salvo que cada uno tiene su especialidad, la naturaleza para hacer determinadas cosas.

-No me ha contestado cómo aprendió a trabajar con los minerales.

-¿Cómo aprendí? Porque me gustaban las piedras...

-Hay gente que estudia 10 años para eso.


-Ibamos a veranear a Calingasta. Y allí, más o menos en el año 1943, conocí a un minero chileno llamado Hugo Pizarro. Mucho después lo encontré en Sorocayense, en la casa de Rojo. Entonces empecé a salir con él a la montaña.

-¿Esa casona existe todavía?


-Sí, pero muy destruida. A este hombre también le hice un poema que responde a esa pregunta que usted me ha hecho, de dónde arranqué yo. ¿Quiere que se lo lea, si no es molestia?: "...me cupo de maestro un genio de la piedra, me arrebató en el vuelo de sus zapatos patria, y aún respiro el embrujo del mundo que me diera / Los cateadores viven un sueño devorante y avanzan por el filo entre todo y la nada / Lo veo haciendo chistes a las fuerzas de abajo, donde la muerte empolla su tremenda huevada. Recogido en las noches sobre el rastro del puma, con los ojos abiertos parecía dormido... / Bajas leyes de oro le agotaron los días, el cobre que pintaba ya pinta en otras manos". Ese es el que me enseñó a mí las cosas. Ellos se murieron y yo no encontraré más lo que buscábamos.

-¿Se ha dado por vencido?

-Es que hace mucho no voy por ahí. Ahora mis expediciones andan por la poesía. La poesía que se ha metido a analizar este hombre (muestra otra revista especializada en la que se han ocupado largamente de su obra) que quiere explicar cosas que yo he hecho intuitivamente. Por ejemplo, de la mitad de una palabra yo he sacado una letra, porque se me ha ocurrido que suena mal, nada más. Y él la cataloga como "epéntesis" (risas). Después en otra he hecho una "síncopa" (más risas), y en otra he puesto un "morfema en mala parte" (explotan las risas).

-¿Cuánto tiempo estuvo casado?

-Desde que tenía 33 años hasta el \'92, cuando murió mi mujer. Tengo dos hijas, una vive conmigo y la otra en Ushuaia. Me casé después del terremoto, vivíamos en el barrio Farrel, donde las casas eran de cartón. Después entré a trabajar en la Legislatura. Hasta que me encontré con un veterinario, Ricardo Ferrari, a quien habían designado administrador de la estancia El Leoncito. Y me fui con él (risas). "¿Qué voy a hacer yo allá?", le pregunté, y me respondió: "Vos vas a buscar minerales". Ya me había visto con afición por las piedras. Allí encontré estas muestras (acerca desde el escritorio una vieja lata de tomates llena de piedras y un papelito) que tienen cobre. Uno se da cuenta por el color verdoso.

-¿No le ha quedado algún dato escondido por ahí?

-Tengo datos escondidos, pero ya no puedo ir más. Si usted tiene tiempo y yo saco los papeles lo va a poder ver. Tengo un montón de cateos. Pero todo quedó en nada.

-¿Ha leído sobre estos temas, ha tenido amigos geólogos?

-He agarrado a veces un libro de minerales que me regalaron. Pero todo es práctica.

-¿Cuál fue su sueño mineral?

-Mi sueño ha sido encontrar oro "claveteao", que es como clavos de oro.

-¿Vió alguna vez eso?

-Nunca lo vi (abre una caja llena de recortes. Saca notas del diario de hace veinte, treinta años). Estos son lugares por los que yo anduve buscando el tesoro. Al margen yo anotaba las coordenadas de los lugares, ¿ve? Es el tesoro de Osorio. Tengo los derroteros de la búsqueda. Ya no voy a ir, pero voy a mandar a alguien, algún amigo, para que siga las indicaciones para encontrarlo.

-¿Está seguro que existe?

-Algo ha existido ahí, porque no en vano tanta gente lo tenía en el recuerdo, en Calingasta y en Iglesia. Debe haber sido en ese lugar donde actualmente está la Barrick. Así que puede ser que el tesoro haya existido realmente. Rogelio Díaz Costa me habló del tesoro por primera vez. Y me fui con dos muchachos a buscarlo. Quién sabe. La vida es muy leyenda.

-Ahí está el título de la nota, muchas gracias. ¿Su mujer qué decía cuando se iba por tanto tiempo a buscar tesoros?

-Y... aguantaba. Le he hecho un poema muy agradecido en algún libro por el aguante que ha tenido. Era maestra. Se llamaba Rosa, igual que mi hija.

-¿Piensa en alguien cuando escribe?

-No, es para alguien que no sé dónde está. Alguien que puede ser afín a uno, participar de alguna ansiedad interior y entonces sentir lo que uno siente.

-En "Caza nocturna" dice que se considera una especie de intermediario.

-De puente. Lo que siento es que tal vez haya otros seres humanos que puedan participar de la misma necesidad interior que tengo yo. Es un misterio. Generalmente uno no encuentra las palabras apropiadas, pero pone algunas como acercamiento a lo que hay necesidad de expresar.

-Es decir que la poesía es un oro claveteado al que se ha acercado, pero nunca lo suficiente como para tocarlo.

-Justamente. "Usted se acerca", me ha dicho, y ha captado eso que es muy cierto. Las palabras no alcanzan. Ahí está dicho todo. Es una aproximación a algo que queremos expresar y que sabemos que nos falta.

-En el libro habla del proceso de la creatividad, de cómo esperar el momento de la inspiración, al que no hay que prestarle demasiada atención porque si no se transforma en recuerdo.


-Me refiero también a que muchos escritores se manifiestan con lo que fluye espontáneamente de la mente. Porque en el archivo mental tenemos guardado todo, y si uno se pone a hablar a la bartola le va a salir eso. Pero no alcanza a ser un poema. Son las vanguardias que tuvieron su auge allá por 1920, especialmente el dadaísmo, el surrealismo. Es lanzar al papel las palabras de manera automática, a lo que yo me refiero con una palabra muy fea: "merdosidad" (risas).

-Tiene las repisas llenas de diplomas y reconocimientos. ¿Va a muchos tés?

-Voy porque no quiero despreciar a una persona que a lo mejor necesite que asista cierta cantidad de gente para llenar el espacio (risas). De las cosas sociales he participado por un sentido humano, de reunirse. Pero muchas veces he visto que... prefiero quedarme en casa. Anoche, por ejemplo, hubo una presentación de fotos de ciertos personajes, entre los cuales estoy yo. Me invitaron y dije que iba a ir. Y después es como si me hubiera imaginado ahí en el sitio, mirándome yo mismo en el cuadro. Y terminé por irme a dormir. Soy como dice este crítico, un "marginal" (carcajadas).

-Ahora viene la pregunta difícil: ¿No siente que estos homenajes son como reconocimientos póstumos en vida?

-Sí, lo siento así. Especialmente porque a los 87 años que tengo el físico ya anda tambaleando. Es que me viene a veces un mareo... Fíjese que me invitaron ahora para ir a Jáchal a unos actos, pero no acepté. Y una mujer que ha hecho un blog de internet me manda una carta invitándome para el 1 de diciembre a un acto en Buenos Aires, en un teatro. Ya le contesté que no. También este editor que me publica ahora, Javier Cófreces, de Ediciones en Danza, me ha hablado para preguntarme porqué no voy a ir yo al acto... (Hojea revistas y se encuentra en una fotografía). Véame en esta foto la pinta que tengo de borracho (muchas risas).

-Desde hace un tiempo, en el ambiente intelectual queda muy bien decirse amigo de Escudero, o pavonear la confianza de tratarlo de Chiquito...

-...O pedirme un prólogo (risas). ¿Pero quiere que le diga una cosa? Le hablo con toda sinceridad: no me encuentro capacitado para escribir prólogos, porque no voy a poder decir más allá de "está bonito" o "me gusta esto".

-¿Qué es el poema para usted? ¿Lo puede definir?


-Es un modo de expresar algo, originariamente en la palabra (hace un gesto con los dedos y la boca) pero que pasa a la escritura. Por eso la aspiración mía es poder pasar lo fónico, hablado, a la escritura. La escritura es la palabra desposeída de la expresión propia y del tono que le da la voz. El poema debe tener fondo y forma. Y armonía.

-¿Hay un ritmo básico, el Común Denominador del universo?

-Yo digo que sí. Hay un ritmo elemental que maneja todo, las plantas, la rotación de la Tierra... La respiración nuestra. El poema debe responder a eso.

-¿Qué hacía su papá?

-Mi viejo trabajaba como telegrafista en el ferrocarril, pero se jubiló en el Correo. En algún tiempo estuvo haciendo un reemplazo en Tucunuco. Mire la foto esa ahí colgada, del burro. Ese soy yo en Tucunuco con cuatro o cinco años. Y mi madre era de una familia venida de Argelia. Fue literata toda la vida, pero yo no lo copié de ella (busca en una caja, saca un libro). Este es el libro que escribió ella, "La maestrita de los yarcos". Muestra la realidad del Tucunuco de aquella época.

-Me llama la atención ese poema donde usted dice "cómo hago para dar el salto".

-Sí. Es como que estamos taponados, y necesitamos abrir la mente para pasar a otra cosa.

-¿Usted dio el salto?

-Yo no. Pero he leído budismo zen, que pretende dar el salto. El otro día escuchaba en un programa de televisión que pone mi hija a alguien que decía "Abre tu mente"... ¡Y abre tu mente es dar el salto! Pero cuesta abrir la mente, porque está pegada a las cosas inmediatas.

-¿Ganó dinero con la minería?

-No, dinero no. Un poco con la bentonita, nada más. También vendí una mina de cobre, pero perdí toda esa plata en la ruleta. Tengo un libro de poemas sobre el juego, "Los grandes jugadores", de 1987.

-¿Qué importancia tiene el juego?

-El juego es el alimento de una esperanza. La esperanza de ganar para satisfacer una serie de ansiedades que tiene el ser. Pero la banca siempre gana. Siempre. Ahora, que un golpe de suerte lo favorezca a un tipo y que gane, es un sueño. Porque si gana una vez va a volver a jugar, y esa segunda vez va a perder.

-Usted ha estado esperando el golpe de suerte toda la vida, ¿no?

-He estado esperando con lo del oro claveteado, con el tesoro de Osorio, con el juego. Todavía juego, pero con un enfoque muy diferente al de antes: lo estudio para ver si es posible superar esa ventaja que se atribuye la banca.

-¿Cree realmente en las martingalas y las ecuaciones para ganarle al casino?

-Hay infinidad de libros escritos al respecto. He leído algunos. Pero le voy a mostrar esto... (toma una fotografía enmarcada donde se ve a un hombre posando frente a una ciudad marítima; tiene superpuesta una frase en italiano escrita por él a mano. Dice que pertenece al Dante). Este es el casino de Montecarlo, la cuna del juego. Dice: "Vos, si entrás aquí, abandoná toda esperanza" (se ríe). La esperanza es muy difícil de matar. Pero yo voy poco al casino, una vez al mes. He intentado sistemas, pero si hubiera encontrado uno efectivo para ganar, no hubiese jugado más. Porque hubiera perdido lo más importante en una persona, que es la tranquilidad. Hoy no juego a números, sino a colorado y negro. Lo otro estadísticamente es imposible. El único camino que queda es ser adivino. ¿Se puede ser adivino? Tengo libros también de eso (risas). La cuestión es no perder lo que es indispensable para la vida.

-Eso está a resguardo. Como los amores.


-La época de los amores se me ha pasado (risas). Amores tormentosos pocos he tenido. Pero algunos hubo. Y bueno, son inevitables, porque es el instinto. El atractivo está más allá de la belleza. Se trata de sostener la especie humana sobre la tierra. Es una cuestión de procreación, hay que reproducirse. Entonces uno la mira a la mujer, y le mira las partes más reproductivas (muchas risas).

-¿Qué vino le gusta?

-Tinto. Cuando era joven tomaba blanco con los amigos en los boliches. No había tinto por entonces.

-¿Queda algún boliche lindo?

-Los del principio se han terminado. Pero queda uno intermedio, que todavía dura, que es el boliche de don Douglas, al que yo le he hecho poemas, ahí en calle Tucumán pasando Mitre. Ahora no va nadie casi. Hace poco ha venido de Buenos Aires una gente que está filmando una película sobre mí, ya han venido dos veces, y me hicieron que los llevara ahí. Antes en los mediodías nos juntábamos con los amigos a tomar allí un vaso. O dos. O tres (risas). Iban periodistas, pintores, escritores. Han muerto todos. Queda una mosca solitaria recordándolos.

 

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