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Diario de Cuyo , San Juan, 5 de octubre de 2006

 

JORGE LEONIDAS ESCUDERO

Palabras de oro
El flamante Doctor Honoris Causa de la UNSJ, antes de dedicarse a las letras, fue pirquinero en la cordillera. Gran parte de su obra está inspirada en esa época de su vida y en la añoranza de esos momentos.

Por C. CAÑIZARES

“Si estuviese bien de salud, me quedaría a vivir eternamente en el campo”, dice con nostalgia Jorge Leonidas Escudero, el famoso poeta que otrora fuera un aventurero pirquinero y buscador de tesoros, y quien la semana pasada se convirtió en el primer sanjuanino en recibir un Doctorado Honoris Causa de parte de la UNSJ.

Su comienzo en las labores con las rocas fue casi fortuito, pues él comenzó a estudiar en la Escuela de Enología cuando apenas estaba siendo inaugurada. Ahí “anduve mal y no pude terminar la carrera, pero sí concluí el bachillerato en el Colegio Nacional. Después me fui a estudiar Agronomía en Mendoza”, recuerda. Los años pasaron y volvió a San Juan. Ya casado, comenzó a trabajar en la Legislatura, hasta que en el año ‘58, un amigo, Ricardo Ferrara, que había sido nombrado administrador de la estancia El Leoncito, donde actualmente está el observatorio astronómico, le ofreció ir para allá y buscar los minerales porque “sabía que yo tenía afición en el tema y que lo había demostrado en algunas oportunidades”, comenta.

Así renunció a la Legislatura y partió a la aventura de adentrarse en el campo sanjuanino. El cómo fue que comenzó a trabajar con minerales es, según él, simple: “siempre me gustó mucho el campo y desde siempre miré las piedras, sus colores y sus formas. Entonces decía según esa coloración hay hierro, y si hay hierro puede haber pirita, y si hay pirita puede haber oro…”.

La charla ya toma clima de recuerdos y vivencias que, aunque han sido plasmadas en papel y leídas por miles, en labios de Chiquito, como le gusta que le llamen, tienen el sabor de un secreto compartido entre amigos. En sus ojos vidriosos por los años se puede ver viejas mulas y caballos inmersos en la soledad de los cerros y también es fácil distinguir allí a un joven Escudero que lo único que pensaba era ir más allá. “El primer impacto al llegar a la montaña fue ver lo que había después de ella”. Y lo intentó: “como es un límite, uno quiere pasar todo límite, y en mis poemas siempre he dicho eso, aunque nunca pude atravesarla”, cuenta.

Y es mejor no decir más porque estamos
golpeando puertas del horizonte
con la cabeza y nos rebota, pelota,
sin que podamos agarrar la llave.

De sus años como pirquinero, revive algunos momentos que lo han marcado particularmente. El se quedó en Sorocayense, Calingasta, en casa de los Rojo, grandes amigos del poeta, a quienes hoy recuerda con mucha emoción: “no he podido olvidar la gran generosidad de ellos. Yo vivía con esa familia y me prestaban animales. Y juntos andábamos en esas andanzas. De no haber sido por ellos, yo no podría haber hecho nada”.

Y así salían a buscar minerales. Como no tenían capital, trabajaban con los medios más precarios y herramientas muy rudimentarias. “Como podíamos -recuerda Chiquito-, lo único que nosotros hacíamos era rasguñar el cerro, escarbar el cerro para sacar de las vetas el mineral concentrado. Y a ese mineral concentrado poderlo vender”. Por eso, para él, el espíritu del pirquinero es el de la “esperanza de encontrar un tesoro en los cerros”.

…Ir a lomo de mula ir a ver
en qué cerro chispeaba el oro,
en qué arroyo
podía un pobre lavar su esperanza en un plato.

Hallaron y desencontraron.
Rajuñaron montañas hasta volverse piedra.
Piojos en las barbas de la riqueza
están glorificados sus nombres en olvido…

Tal vez una de las andanzas en las que Escudero invirtió más ilusiones fue la búsqueda de un tesoro escondido en el campo: el Tesoro de Osorio. Escudero se enteró de este fastuoso botín a través de una nota publicada en DIARIO DE CUYO por Rogelio Díaz Costa. En ella, el periodista hablaba de un derrotero, o sea la descripción del camino para llegar al oro, que un caballero español, Francisco de Paula Soria, dejó en confesión a un sacerdote jesuita antes de morir.

Cuando se enteró de la existencia del supuesto lugar, este aventurero no lo pensó dos veces y junto a dos amigos partieron en búsqueda del dorado tesoro. El relato no deja de despertar interés: “me junté con dos amigos, el Luisito Giovanini y el Coco Barragán, y estuvimos todo un mes buscando”.

Dicen que hay un tesoro, cerros de Colangüil
y a ése fui con el Coco y Luisisto a buscarlo
pero no dimos, no, por un poquito así,
por una gran nevada que salió a meterse
cuando teníamos en mano la punta del hilo…

…No miento si les digo que hasta vide la luna
en forma de mujer y se puso al lado.
Claro, aquí no figura, pues ta mal hecho el mapa
Y falta basamento para hablar de la vida.

Sí, tal como reza el poema, la aventura terminó sin éxito. Lo que los hizo desistir fue la enfermedad de uno de los compañeros de búsqueda y que se acabaran los bastimentos (alimentos) que llevaban. “A veces se da una cadena de acontecimientos extraños que le van diciendo a uno ciertas cosas, y hay que ser obediente e interpretarlos porque, si no, a uno le va mal”, dice Chiquito.

En esta empresa, Escudero recogió innumerables anécdotas e historias que lo inspiraron para escribir sus poemas. Algunos seres que recuerda con afecto y de los que conocía muy poco o a los que simplemente no volvió a ver.

Aquí anduvo un tozudo hombre buscando,
en esta altivez de los cerros sanjuaninos,
el fabuloso tesoro que cuentan
era para el rescate del inca Atahualpa: siete
cogotes de guanaco pupudos de oro.

Nos hicimos amigos y en mis adentros
lo bauticé El Empecinao, justamente
porque cada vez que me lo topaba en el cerro
me hablaba de su sueño y sonreía feliz…”

Y sí, se hicieron amigos; pero, como relata también en su poesía, un día dejó de aparecer. “Tal vez murió o por ahí de desempecinó, aunque eso hubiese sido peor porque sería entonces un muerto en vida”, cuenta.

Al hablar con este poeta pirquinero inevitablemente la conversación tiene un halo de misterio y sabiduría, tal como si la nostalgia de la solitaria montaña se hubiese metido en sus entrañas. El mismo reconoce que los cerros “tienen una significación especial porque no en vano los aborígenes creían que ahí moraba el dios de ellos. Y cuando los nativos se referían a algo misterioso o extranatural o una ayuda de la naturaleza, se dirigían siempre a la altura. La montaña es lo más misterioso, porque en su elevación pueden morar algunos espíritus benefactores para uno”. La pregunta surge inevitable y la respuesta no deja de sorprender… “Me he encontrado con un espíritu. En una de las andanzas yo salí de El Leoncito rumbo a Barreal, que es una distancia sin población. Se me hizo de noche y venía en el camino adormilao en mi caballo”. Y sigue recordando: “en un momento el animal se asustó, levantó la cabeza y se plantó. Miré adelante y vi que había… un fantasma, nada más y nada menos. Era como de dos metros de alto y blanco. Al ver yo ese bulto nomás podría haber pensado que no era real, pero de la impresión el animal pegó una espantada muy grande, se salió de la senda y disparó desbocado río arriba. No me caí de casualidad”.

Así va terminando la charla, entre lo terrenal y lo que va más allá de los sentidos, pues su poesía es así. Escudero es así.

…El viento balbucea que todo es posible.
Se ilumina con chispas de mi acero la cueva oscura;
demando a golpes, grito.
Eco de un hambre eterna, con las manos heridas
busco el tesoro, lloro, retrocedo...

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