Diario Clarín , Revista Ñ. 30 de junio de 2007 |
La música de los poemas
Calidad y experimentación distinguen “Siete noches”, el ciclo de conciertos, danza y teatro que se desarrolla en Villa Ocampo desde hace un año. “Los paraísos vulnerables”, que se verá hoy, es un sutil homenaje a Silvina Ocampo con obras para piano y voz sobre textos de la pianista y poeta Silvia Dabul. En esta entrevista, Dabul cuenta cómo nació ese espectáculo.
Por Jorge Fondebrider
Desde el año pasado, la coreógrafa Diana Theocharidis programa en Villa Ocampo, el ciclo Siete noches, dedicado a conciertos, danza y teatro. Con una muy acertada programación, ha comenzado a darle brillo a la venerable casona de San Isidro, convirtiéndola en un nuevo referente de la escena local, donde se conjugan la calidad y la experimentación. Por allí ya pasaron Mauricio Kagel, Alfredo Arias y Marilú Marini, Carlos López Puccio, Edgardo Cozarinski y la cantante lírica Adriana Mastrángelo, entre otros. En la oportunidad y, a diferencia de otras veces, a un precio más adecuado para el bolsillo de los amantes de este tipo de espectáculo, la convocada es la mendocina Silvina Dabul, quien, además de ser una muy buena pianista de dilatada trayectoria, también es poeta. Música y literaria se aúnan en Los paraísos vulnerables , de este sábado 30 de junio, espectáculo que se anuncia como un concierto-homenaje a Silvina Ocampo, por medio de obras para voz y piano, sobre textos de la misma Dabul. Los compositores convocados revisten entre algunos de los más importantes de la Argentina: Gerardo Gandini, Javier Giménez Noble, Marcelo Delgado, fabián panisello, Juan María Solare y Julio Viera. Otro tanto podría decirse de la mezzosoprano Susanna Moncayo y del barítono Víctor Torres, intérpretes de las obras resultantes de los poemas de Dabul, junto con la soprano Sylvie Robert. Al piano, en todos los casos, está la propia autora de los poemas, quien, desde su condición de música y poeta, respondió las preguntas de Ñ.
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¿Cómo surgió la idea del espectáculo?
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A partir del interés de Diana Theocharidis, quién sabía que desde hacía un tiempo estaba embarcada en el proyecto de encargar obras sibre textos propios a varios compositores argentinos y me invitó a estrenarlas en ese lugar. Poco tiempo antes había leído una entrevista a Silvina Ocampo en donde ella cuenta un sueño muy extraño: caminaba con temor en medio de un paisaje oscuro, árido e invernal y, de repente, paralizada por el miedo, tiene la visión de un piano negro y lustroso que le provoca una felicidad intensa. Por alguna razón, el conocimiento de ese sueño y la invitación a hacer música en el piano negro y real de la familia Ocampo sucedieron casi al mismo tiempo, quedaron como ligadas en mí, de allí el homenaje.
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¿Por qué ponerles música a poemas que, se supone, ya deben tenerla?
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La idea fue justamente no “poner” música al poema, sino acercarlo a cada compositor como pretexto de una obra que finalmente lo abarque, lo contenga, o inclusive lo transforme hasta convertirlo en otra cosas. No me interesaba la mera musicalización de poemas a modo de canción, sino el desafía de despegarse completamente y entregarlo a otro que devuelva su propia versión en otro lenguaje. Cada uno de los compositores elegidos tiene una personalidad lo suficientemente definida como para no subordinar en ningún caso su música al texto. El texto opera como disparador o generador de obras estéticas completamente diferentes, que, en todos los casos, interactúan con las palabras, se dejan invadir, se oponen o reaccionan de modo imprevisto. A veces la obra resultante termina siendo mucho más vigorosa y rica que el poema. Por ejemplo, un texto parco como: ”ejes de una danza de giros / paradojas / como árboles / en esta habitación / sin columnas” funciona como un disparador de una pieza complejísima que termina trascendiendo con creces al poema en sí. Justo éste es el caso de una tratamiento del texto tan osado que se permite hasta cambiar el orden y sentido de algún verso al tratar a la palabra como fuera un sonido más.
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Mi pregunta viene a cuento porque, en muchas oportunidades, da la impresión de que los textos de un autor son una mera excusa para agregar el nombre del poeta y prestigiar, de ese modo, lo que podría pensarse como un “producción”, en el sentido más comercial del término. En las oportunidades, las palabras son apenas un pre-texto, como usted bien dice. Pero se supone que un poema ya plantea una música determinada ¿Qué le pasa cuando se le superpone otra música?
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Su pregunta apunta al hecho de considerar la sonoridad de las palabras como “música”. Creo que el entretejido sonoro del discurso no se superpone de ningún modo en estos casos con la música en sí, porque en general la música llena espacios que el texto deja abiertos, aparece para oscurecer o iluminar, para comentar o dialogar en su propia lengua. Un texto muy terminado, un poema muy explícito no sería demasiado apto para este tipo de intercambio. Tampoco un poema con métrica definida, por ejemplo un soneto, de secuencia acentual y rima fijos. Desde ya, en estos casos la música que los acompañe deberá ceñirse a un parámetro preestablecido. Casi toda la música popular trabaja sobre textos medidos y rimados. Yo, en cambio, busqué textos opuestos a ese tipo de “musicalidad”. Los poemas que considero más interesantes para este tipo de interacción son aquellos que, por su ambigüedad, dejan mucho margen a la intervención y la lectura del otro. Aquellos que no piden ser acompañados, sino completados o sostenidos por la música. En general, creo, las “ideas” no se dejan intervenir fácilmente por los sonidos y sí las imágenes y las emociones. Juana Bignozzi se pregunta en un poema: “por qué no puede decirse en un poema lo que se dice en las canciones” ... Supongo que porque, cuando la música aparece en escena, afortunadamente uno puede permitirse olvidar ciertos pudores.
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¿Cómo precedieron los compositores?
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Todos los compositores tuvieron absoluta libertad para elegir los textos sobre los que trabajar y la garantía de que yo no volvería a intervenir como autora con sugerencias ni modificaciones. También el compromiso del estreno y grabación de la obra que resultara de este intercambio.
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¿Podría dar algunos ejemplos?
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Gandini y Giménez Noble, si bien con un resultado completamente diferente, tienen una relación similar con el texto: las imágenes visuales y de movimiento son las que determinan el comportamiento de los sonidos. “Caen / los segundos / limpios rigurosos” origina una pieza en donde las notas descienden, caen, literalmente a velocidad de una por segundo. A partir de “pasos en la nieve / con los pies desnudos” Gandini evoca con una cita el preludio Pasos en la nieve de Debussy, y representa a alguien que “murmura al ras del espejo” con la inversión del tema principal. Marcelo Delgado, en donde la voz es el protagonista casi absoluta y el piano aporta comentarios de modo discreto y flexible. En estas piezas el devenir rítmico es el de la palabra hablada, podría suprimirse perfectamente el compás, esa libertad llega hasta la inclusión de pasajes aleatorios. En otro extremo está el ciclo de Fabián Panisello, de precisión rigurosa y tratamiento instrumental de voz. El texto para él es un signo al que eventualmente puede otorgarse valor sonoro. Transforma una palabra en acorde, o simboliza el pasaje de la vida a la muerte con la paulatina transmutación de un espectro cromático en diatónico. Víctor Torres compuso sobre textos que son en realidad epígrafes de poemas y con sugerencia de escribir para su propia voz, el suyo es un ciclo hecho verdaderamente a medida, de gran despliegue vocal. Parajes de Julio Viera es, de todos, el ciclo que trata más vocalmente al piano, que dialoga intensamente con la voz. La pieza de Juan María Solare está en la tradición del “gagaku” japonés, es casi una obra a capella en donde el piano aporta unos pocos sonidos armónicos, como gotas de sonido aisladas.
DABUL BÁSICO
MENDOZA, 1962. PIANISTA Y POETA
Pianista y profesora del Conservatorio Superior Manuel de Falla, Silvia Dabul ha sido incluida en numerosas oportunidades en la programación del Teatro Colón, desempeñándose tanto como solista de la Orquesta Filarmónica de ese teatro como la Orquesta Sinfónica Nacional. Ha integrado numerosas formaciones de cámara y, frecuentemente, dúos de piano. Junto con Manuel Massone ha registrado tres CD: Música para dos pianos y piano a cuatro manos , Dúo de puanos y American Fantasy . Por su parte, publicó Lo que se nombra , un libro de poesía.
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