La Cuna de Newton, Valdivia, Abril de 2007 |
Por Verónica Zondek
Comento, leo el libro de una amiga y por lo tanto el recorrido no me es ajeno. Su carga significativa me toca de frente. Presiento que fue escrito después de la muerte de Ernesto, su compañero, o que al menos se tiñó con la presencia de su vacío repentino. La perplejidad de la ausencia, la falta de control sobre lo que amamos, resulta naturalmente en un espacio falto de tiempo y devenir que con el paso de las horas, y como lo demuestran estos poemas, derrama en una aceptación dolorosa y en un profundo amor por la vida. LA CUNA DE NEWTON, como lo señala su título, se enreda en el movimiento oscilatorio del péndulo. Va y viene entre la vida y la muerte, entre el darse y el control, entre el tener y el perder, el deseo y el pasmo, entre el yo y el tú, el yo y el ellos. Movimiento que finalmente desemboca en entrega y resignación, en humildad y agradecimiento. El ritmo todo de este poemario queda imbricado a este ir y venir, a este dejarse estar. Tal como lo hace una canción de cuna, avanza y murmura su decir en versos cortos y musicales y construye un mundo íntimo y precario que se expone en su totalidad al ojo lector. Si tuviese que encontrar un símil palpable, diría que está escrito con el movimiento que acaece cuando chupamos lentamente un caramelo, que, poco a poco y con placer, va dejando su rastro pegado al paladar, a la lengua gustativa. Este lento vaivén propulsado por la lengua corroe el objeto del dulzor hasta físicamente hacerlo desaparecer aunque sea imposible esfumarlo de la memoria sensual que continuará saboreándolo mucho después, lamentando por un lado su fin y por otro, celebrando el placer de haberlo tenido. Es una materialidad que perdura en el ser íntimo y nos prende con su nostalgia en medio de la ausencia. Así la trama de este poemario que recorre pausada y honestamente las estaciones que la vida depara. No hay experimentación formal ni juego sino un enfrentamiento frontal y una voluntad de hacer uso de ‘todo el peso de la palabra' como si no quedase otra cosa por urdir en medio del desierto de los cuerpos y los acontecimientos. Un modo de estar con y en, un modo de sanar doliendo. El poemario se escribe exhaustivamente y toca puntos del abanico cotidiano en un intento por tomar apuntes del tránsito por la vida. Intimidad que resulta de la escritura de hechos tan comunes que pierde el sello de lo personal para hablarnos desde y a todos. El paso del tiempo, la vida, el dolor, la extrañeza. Lo bello, lo triste. La inmutabilidad de lo real como signado por el destino. Lo irreparable, la magia del estar y la grandeza o pequeñez del hombre. Sentido del sinsentido o viceversa. Estas son las entrelíneas del poemario. Allí se cobija el hablante. Allí encuentra sanación y consuelo. Allí construye a partir de las cenizas y denota la magia de la página en blanco que no es sino una soledad que se viste con las ropas del cuerpo colectivo.
Hay otro modo de sumergirse en este poemario y es la divagación en torno al concepto del tiempo. Un tiempo en detención amplia. Una extensión que es y nos contiene. Una especie de gran útero que nos mantiene provistos pero que se encuentra suspendido en algún espacio sin nombre. Ahí habitan los sentidos de la poeta, desde ahí habla y nos perturba profundamente. Desde ahí nos envuelve con su ritmo, cual sedante abarcador que nos permite permanecer en la perplejidad y aminorar la angustia de la búsqueda de los ‘porques'. Personajes que aparecen y desaparecen y no hacen sino recalcar la carga fútil de sus quehaceres y lo precario de los hechos cotidianos. Un dejarse llevar por el vaivén. Un estar aquí y ahora. Detención. Gusto por la detención. Amor por el estar; por la cuenta regresiva. La carga ominosa que nos contiene. El inicio y el fin, la luz y la sombra. El terror. Una presencia, un punto en el tránsito de ese péndulo que va y viene, que va de la muerte a la vida y nuevamente a la muerte. En palabras de la poeta: “hay algo en el final/que estaba en el principio.”
Este libro es entonces un modo de negociar con el mundo. Un modo de doler y habitar. De sonreír con el cuerpo entero y no al modo del disociado gato de Alicia. LA CUNA DE NEWTON. Un mar verboso en el cual recomiendo zambullirse para enriquecer nuestra percepción y curar nuestros ojos destemplados.
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