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Diario Clarín. El Eslabón de la Cadena Informativa (www.eleslabon.org.ar), 19 de abril de 2007

La lengua única
Por Diego Colomba

Poesía. Lengua natal, de Osvaldo Aguirre.
Ediciones En Danza, Buenos Aires, 2007, 84 páginas, $ 14.

En el breve y lúcido texto que introduce “Lengua natal”, Carlos Battilana intuye en la poesía de Aguirre una voz y una gramática fundadas en un orden físico y biológico. Dicho orden, creemos nosotros, se remonta incluso a momentos que preceden la propia adquisición del lenguaje, en los que el mundo todo suena como una lengua extranjera. Por ello esa lengua natal que rememora –inventa- Aguirre parece deberle menos a los sentidos que aún portan las cristalizaciones lingüísticas de una zona y una época, materia prima con la que urde sus textos, que a los ritmos prelingüísticos que puntúan su decir.
Esos giros coloquiales, clichés, sentencias, muletillas de la pampa gringa no valen como comodines transables en el mercado de la nostalgia y el pintoresquismo costumbrista: es una suerte de rudeza y sequedad sintáctica al que los somete Aguirre, que a veces traslada a sus escasas imágenes (“¿Las casuarinas?/ Hacían de cuenta/ que un sol radiante/ las limpiaba.”), la que los despabila poéticamente.
El libro empieza con dos sugerentes epígrafes, que parecen contradecirse –lo hacen, en realidad-, y en esa tensión se lee un arte poética de “Lengua natal”. El primero, una cita de Ernesto Cardenal, shockea por su arbitrariedad: si a primera vista “la poesía es la lengua”, la convención compartida por una comunidad; se opone al habla, la asunción singular –un acontecimiento- en el idioma del “pueblo”. Al mismo tiempo, si la lengua no está en ninguna parte, ni en diccionarios, gramáticas o tratados del buen decir, la poesía también es un imposible que sólo se puede vislumbrar a través de efímeros y fragmentarios episodios verbales.
El otro epígrafe, hecho con una cita de Jorge Leónidas Escudero: “debajo de las cáscaras busquen/ la palabra única”, llama a asumir un arte despojado de ornamentos y gimnasia verbal, prescripción en la que subyace una mitología de la justeza: lo singular no puede ser dicho con las palabras de la lengua, por eso el poema debe inventar una nueva.
En ese sentido, el arte de la repetición, como una insistencia en el decir que Aguirre no sólo practica en poesía sino además en su prosa (sus “Retratos hablados” en Notas en un diario son un ejemplo), siempre decepciona la afirmación rotunda, del mismo modo en que las recurrentes formas sentenciosas son desdichas por el acontecimiento extraordinario (veladamente el oficio periodístico gravita en esta poética, tal vez por su filiación con el relato popular): una rama dormida, los tornados, el granizo, un tren descarrilado, un asesinato. Las escenas que el libro va narrando parecen guiadas por el “busquen” de Escudero (“mirá/ cómo son/ las cosas”, insistirá una de las voces) y a través de sus reiteradas reformulaciones parecen trazarse bajo una estética del despojo –una musical progresión hacia el silencio- y no de la acumulación. Las narraciones, que se vuelven poesía por su exquisitez rítmica -simple y profunda a un tiempo-, presentifican un mundo íntimo y radicalmente extraño a la vez, a través de una lengua que Aguirre decide llamar “natal”. Tal vez, la que se habla en la patria de la infancia.

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